Aún no vendo mi alma al diablo.

Me acogiste en tu regazo, como acogen los árboles los nidos de los gorriones. Supe que te quería desde el primer momento que vi tus ojos. Una mirada. Un beso. Dos formas, completamente diferentes, para expresar todo lo que te he querido y todo lo que te quiero.Jamás dejaré de hacerlo, que se te grabe de tal forma que no se te olvide. Es cuestión de principios. Es cuestión de quererte.

Puede que dejemos de compartir el mismo colchón. Ese que un día tuvo impregnado tu olor. Mi olor. Los dos a la vez formando uno solo. Pero a veces, las fragancias más fuertes, aunque encajen a la perfección, terminan por empalagar, deshaciéndonos del bote para siempre. Cambiando de colonia, con un nombre diferente a la anterior, pero que tenga los mimos toques; que en su esencia, en la profundidad de sus olores, siga siendo lo que siempre ha buscado. Lo que siempre has querido.

Puede que haya sido por un trozo de pan, por un misero trozo de pan mal colocado encima de la mesa; pero en realidad no solo fue por eso. Venía de atrás. Acumulado, como se acumular las algas en la playa, con las mareas. Al final, acaban por formar una montaña, la cual se derrumba por una simple y suave brisa. El pan fue la muerte del Archiduque Francisco, una chispa que produjo la primera gran explosión.

En definitiva, nos queremos y nos quisimos. El futuro dirá lo que quiera. La cuestión es hacerle caso, pero no mucho. Solamente lo justo, lo suficiente.

Ahora, coge tus maletas; o si quieres ya me voy yo. No es tiempo de vender el alma al diablo, no es tiempo de servirla. Para venderla hay que tenerlo muy claro. Incluso no venderla por mucho que las ganas te lo pidan.

Es hora de seguir luchando.

Anuncios

La historia de Zenobia

Amanecía y las sábanas aún seguían arrugadas, manchadas por el carmín de sus labios e impregnadas con el olor de su perfume. Un cigarro recién encendido, apoyado en el cenicero de la mesita, no paraba de estrellar su humo contra el cristal de la ventana. Alguien abrió la puerta, despacio, como si no quisiera despertarme. Permanecí inmóvil, haciéndome el dormido. Ella, Zenobia, tras dar dos sigilosos pasos, apoyó una bandeja a los pies de mi cama. Me di la vuelta. Acababa de traerme el desayuno.

Unos cruasanes con chocolate emplatados en cerámica de Sargadelos, un zumo de tres naranjas, cubertería de plata -la bandeja también era de plata-; al lado de la servilleta, guardando aquel manjar, una nota en la que se podía leer “Te quiero”. Allí estaba yo, presidiendo aquél banquete y dando las gracias por tener a aquella mujer a mi lado.

Mientras devoraba el cruasán, con el zumo ya ingerido, me comencé a sentir mal. Tan mal que acabé estampándome contra el suelo. Al rato -no sé cuanto tiempo pasó- me desperté. Zenobia había desaparecido. Mi cartera, también.

Continuará…

Persona errante

Acababa de llegar a casa. Colocó su chaqueta de pana en el perchero de la entrada, apoyó el maletín de piel en la mesa del comedor y se quitó los zapatos, que le habían regalado un mes atrás, apartándolos de una patada, mostrando así que su día no había sido de los mejores.
En la cocina le esperaba una sorpresa: una tarta de fresas y chocolate, con florecillas comestibles y nata en cantidades industriales.

Sigue leyendo