La Maldición de Cass

Cass se volvió pensativo hacia sus padres. Otra vez había vuelto a suceder y nadie sabía que él podía ser el causante de todo lo que estaba ocurriendo en el pueblo.

El primer día fueron los lobos; aquellos animales destrozaron las 20 ovejas  que tenía su vecino Miguel, encerradas en el corral. El segundo día fueron las serpientes; un nido de serpientes apareció de la nada en la puerta del porche de su casa. El tercer día las avispas; una nube, con millones de avispas, provocó que sus vecinos se atrincheraran en sus casas armados con sprays y con matamoscas.

Estaba seguro de que él era el culpable, pero no sabía el porqué de todos los acontecimientos. Por las noches, mientras dormía, le venían a la mente sensaciones extrañas; todas ellas, contrarías a la paz y el sosiego que tenía al despertarse.

Una mañana, cuando el sol estaba en lo alto del cielo, Cass entró sigiloso en el estudio de su padre para cogerle la pluma que tanto le gustaba. Mientras enredaba por los cajones, encontró una nota escrita por su madre. Supo distinguir su letra porque nadie hacia las ces como las hacía ella. En la nota aparecía escrita una frase: Nos está viendo, lo sabe. Es mejor que hablemos con él.  Se quedó extrañado intentando relacionar los sucesos con lo que ponía en la nota que acababa de encontrar.

Llegó la noche y vio como sus padres preparaban la mesa. Unos caballetes, una tablero…no sabía que tenían invitados. Quizás sus tíos venían esa noche a cenar; era extraño,  últimamente iban mucho por su casa. Su tía traía, bajo el brazo, la tarta que tanto le gustaba a su madre. La verdad, Cass no entendía casi nada.

A las 10:30 sus padres se sentaron en torno a la mesa. Los invitados no llegaban a pesar de que él creía que había. De repente, la madre empezó a emitir un sonido extraño. Al segundo llamó a su hijo esperando a que este apareciera. El niño bajó las escaleras a todo correr. Llegando al final, dio un puntapié al jarrón que había en el último escalón. Sus padres saltaron de sus asientos. Volvieron las preguntas.

– ¿Estás ahí?

– Si mamá, estoy aquí.

– Sabemos que has sido tú el que ha tirado el jarrón.

– Si mamá. Lo siento, he sido yo.

– Cass ¿Por qué estás trayendo todas esas cosas malvadas a nuestro pueblo? La gente no puede vivir. Nos hacen de menos cuando vamos a la compra, nos dan la peor comida de todo el país.

– Lo siento mamá. No sé qué está pasando.

– Por favor, te lo pedimos por favor.

– Mamá, no sé qué me está pasando. Desde hace un tiempo, no entiendo nada.

– Habla con él -le dijo su madre a su padre-.

– Hijo. Desde que te fuiste llevamos viendo las señales. Sabemos que lo haces para que sepamos que estás ahí. Por favor; deja de hacerlas.

– Papá, mamá. ¿Me escucháis?

– Descansa de una vez y deja que descansemos todos, sino no lo superaremos nunca.

Desde entonces, Cass sigue viviendo entre nosotros mandando señales. Nunca superó su marcha.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s