La historia de Zenobia

Amanecía y las sábanas aún seguían arrugadas, manchadas por el carmín de sus labios e impregnadas con el olor de su perfume. Un cigarro recién encendido, apoyado en el cenicero de la mesita, no paraba de estrellar su humo contra el cristal de la ventana. Alguien abrió la puerta, despacio, como si no quisiera despertarme. Permanecí inmóvil, haciéndome el dormido. Ella, Zenobia, tras dar dos sigilosos pasos, apoyó una bandeja a los pies de mi cama. Me di la vuelta. Acababa de traerme el desayuno.

Unos cruasanes con chocolate emplatados en cerámica de Sargadelos, un zumo de tres naranjas, cubertería de plata -la bandeja también era de plata-; al lado de la servilleta, guardando aquel manjar, una nota en la que se podía leer “Te quiero”. Allí estaba yo, presidiendo aquél banquete y dando las gracias por tener a aquella mujer a mi lado.

Mientras devoraba el cruasán, con el zumo ya ingerido, me comencé a sentir mal. Tan mal que acabé estampándome contra el suelo. Al rato -no sé cuanto tiempo pasó- me desperté. Zenobia había desaparecido. Mi cartera, también.

Continuará…

Persona errante

Acababa de llegar a casa. Colocó su chaqueta de pana en el perchero de la entrada, apoyó el maletín de piel en la mesa del comedor y se quitó los zapatos, que le habían regalado un mes atrás, apartándolos de una patada, mostrando así que su día no había sido de los mejores.
En la cocina le esperaba una sorpresa: una tarta de fresas y chocolate, con florecillas comestibles y nata en cantidades industriales.

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9 cosas que te hacen recordar que fuiste un estudiante Erasmus…en Italia.

Hoy, leyendo un artículo por Internet que se titula en Castellano “13 señales inequívocas para reconocer a un italiano que ha vivido en españa”  (pinchando en el título tenéis el artículo), he recordado lo que he viví cuando era estudiante Erasmus en la ciudad de Bari (también Italia). Pensando y pensando he llegado a la conclusión de qué ya no lo soy, pero ¿qué cosas me han hecho llegar a esa conclusión? Aquí os dejo una cuantas.

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El primer día de clase del maestro.

24 de mayo de 1995. En Brescia, ciudad que pertenece a la Lombardía, se avecinaba un milagro. Andrea Pirlo contaba con 16 años, dos piernas y el cerebro más desarrollado de Italia. Ese fue su punto fuerte desde bien joven, su cabeza le sirvió para escribir su historia y la de todo un país.

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